martes, 29 de junio de 2010

LA ECONOMIA CAPITALISTA GLOBALIZADA, LA INJUSTICIA.

   Comenzaré por contar en brevísimas palabras un hecho notable de la vida rural ocurrido en una aldea de los alrededores de Florencia hace más de 400 años. Me permito solicitar toda su atención para este importante acontecimiento histórico porque, al contrario de lo habitual, la moraleja que se puede extraer del episodio no tendrá que esperar al final del relato; no tardará nada en saltar a la vista.
José Saramago.
José Saramago.
   Estaban los habitantes en sus casas o trabajando los cultivos, entregado cada uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de súbito se oyó sonar la campana de la iglesia. En aquellos píos tiempos (hablamos de algo sucedido en el siglo XVI), las campanas tocaban varias veces a lo largo del día, y por ese lado no debería haber motivo de extrañeza, pero aquella campana tocaba melancólicamente a muerto, y eso sí era sorprendente, puesto que no constaba que alguien de la aldea se encontrase a punto de fenecer. Salieron por lo tanto las mujeres a la calle, se juntaron los niños, dejaron los hombres sus trabajos y menesteres, y en poco tiempo estaban todos congregados en el atrio de la iglesia, a la espera de que les dijesen por quién deberían llorar. La campana siguió sonando unos minutos más, y finalmente calló. Instantes después se abría la puerta y un campesino aparecía en el umbral.
   Pero, no siendo éste el hombre encargado de tocar habitualmente la campana, se comprende que los vecinos le preguntasen dónde se encontraba el campanero y quién era el muerto. "El campanero no está aquí, soy yo quien ha hecho sonar la campana", fue la respuesta del campesino. "Pero, entonces, ¿no ha muerto nadie?", replicaron los vecinos, y el campesino respondió: "Nadie que tuviese nombre y figura de persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia está muerta".
   ¿Qué había sucedido? Sucedió que el rico señor del lugar (algún conde o marqués sin escrúpulos) andaba desde hacía tiempo cambiando de sitio los mojones de las lindes de sus tierras, metiéndolos en la pequeña parcela del campesino, que con cada avance se reducía más. El perjudicado empezó por protestar y reclamar, después imploró compasión, y finalmente resolvió quejarse a las autoridades y acogerse a la protección de la justicia.
   Todo sin resultado; la expoliación continuó. Entonces, desesperado, decidió anunciar urbi et orbi (una aldea tiene el tamaño exacto del mundo para quien siempre ha vivido en ella) la muerte de la Justicia. Tal vez pensase que su gesto de exaltada indignación lograría conmover y hacer sonar todas las campanas del universo, sin diferencia de razas, credos y costumbres, que todas ellas, sin excepción, lo acompañarían en el toque a difuntos por la muerte de la Justicia, y no callarían hasta que fuese resucitada. Un clamor tal que volara de casa en casa, de ciudad en ciudad, saltando por encima de las fronteras, lanzando puentes sonoros sobre ríos y mares, por fuerza tendría que despertar al mundo adormecido... No sé lo que sucedió después, no sé si el brazo popular acudió a ayudar al campesino a volver a poner los lindes en su sitio, o si los vecinos, una vez declarada difunta la Justicia, volvieron resignados, cabizbajos y con el alma rendida, a la triste vida de todos los días.
Es bien cierto que la Historia nunca nos lo cuenta todo.
   Supongo que ésta ha sido la única vez, en cualquier parte del mundo, en que una campana, una inerte campana de bronce, después de tanto tocar por la muerte de seres humanos, lloró la muerte de la Justicia. Nunca más ha vuelto a oírse aquel fúnebre sonido de la aldea de Florencia, más la Justicia siguió y sigue muriendo todos los días. Ahora mismo, en este instante en que les hablo, lejos o aquí al lado, a la puerta de nuestra casa, alguien la está matando.
   Cada vez que muere, es como si al final nunca hubiese existido para aquellos que habían confiado en ella, para aquellos que esperaban de ella lo que todos tenemos derecho a esperar de la Justicia: justicia, simplemente justicia. No la que se envuelve en túnicas de teatro y nos confunde con flores de vana retórica judicial, no la que permitió que le vendasen los ojos y maleasen las pesas de la balanza, no la de la espada que siempre corta más hacia un lado que hacia otro, sino una justicia pedestre, una justicia compañera cotidiana de los hombres, una justicia para la cual lo justo sería el sinónimo más exacto y riguroso de lo ético, una justicia que llegase a ser tan indispensable para la felicidad del espíritu como indispensable para la vida es el alimento del cuerpo.
   Una justicia ejercida por los tribunales, sin duda, siempre que a ellos los determinase la ley, mas también, y sobre todo, una justicia que fuese emanación espontánea de la propia sociedad en acción, una justicia en la que se manifestase, como ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que asiste a cada ser humano. Pero las campanas, felizmente, no doblaban sólo para llorar a los que morían. Doblaban también para señalar las horas del día y de la noche, para llamar a la fiesta o a la devoción a los creyentes, y hubo un tiempo, en este caso no tan distante, en el que su toque a rebato era el que convocaba al pueblo para acudir a las catástrofes, a las inundaciones y a los incendios, a los desastres, a cualquier peligro que amenazase a la comunidad. Hoy, el papel social de las campanas se ve limitado al cumplimiento de las obligaciones rituales y el gesto iluminado del campesino de Florencia se vería como la obra desatinada de un loco o, peor aún, como simple caso policial.
   Otras y distintas son las campanas que hoy defienden y afirman, por fin, la posibilidad de implantar en el mundo aquella justicia compañera de los hombres, aquella justicia que es condición para la felicidad del espíritu y hasta, por sorprendente que pueda parecernos, condición para el propio alimento del cuerpo. Si hubiese esa justicia, ni un solo ser humano más moriría de hambre o de tantas dolencias incurables para unos y no para otros. Si hubiese esa justicia, la existencia no sería, para más de la mitad de la humanidad, la condenación terrible que objetivamente ha sido. Esas campanas nuevas cuya voz se extiende, cada vez más fuerte, por todo el mundo, son los múltiples movimientos de resistencia y acción social que pugnan por el establecimiento de una nueva justicia distributiva y conmutativa que todos los seres humanos puedan llegar a reconocer como intrínsecamente suya; una justicia protegida por la libertad y el derecho, no por ninguna de sus negaciones. He dicho que para esa justicia disponemos ya de un código de aplicación práctica al alcance de cualquier comprensión, y que ese código se encuentra consignado desde hace 50 años en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aquellos treinta derechos básicos y esenciales de los que hoy sólo se habla vagamente, cuando no se silencian sistemáticamente, más desprestigiados y mancillados hoy en día de lo que estuvieran, hace 400 años, la propiedad y la libertad del campesino de Florencia. Y también he dicho que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tal y como está redactada, y sin necesidad de alterar siquiera una coma, podría sustituir con creces, en lo que respecta a la rectitud de principios y a la claridad de objetivos, a los programas de todos los partidos políticos del mundo, expresamente a los de la denominada izquierda, anquilosados en fórmulas caducas, ajenos o impotentes para plantar cara a la brutal realidad del mundo actual, que cierran los ojos a las ya evidentes y temibles amenazas que el futuro prepara contra aquella dignidad racional y sensible que imaginábamos que era la aspiración suprema de los seres humanos. Añadiré que las mismas razones que me llevan a referirme en estos términos a los partidos políticos en general, las aplico igualmente a los sindicatos locales y, en consecuencia, al movimiento sindical internacional en su conjunto. De un modo consciente o inconsciente, el dócil y burocratizado sindicalismo que hoy nos queda es, en gran parte, responsable del adormecimiento social resultante del proceso de globalización económica en marcha. No me alegra decirlo, mas no podría callarlo. Y, también, si me autorizan a añadir algo de mi cosecha particular a las fábulas de La Fontaine, diré entonces que, si no intervenimos a tiempo —es decir, ya— el ratón de los derechos humanos acabará por ser devorado implacablemente por el gato de la globalización económica.
   ¿Y la democracia, ese milenario invento de unos atenienses ingenuos para quienes significaba, en las circunstancias sociales y políticas concretas del momento, y según la expresión consagrada, un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo? Oigo muchas veces razonar a personas sinceras, y de buena fe comprobada, y a otras que tienen interés por simular esa apariencia de bondad, que, a pesar de ser una evidencia irrefutable la situación de catástrofe en que se encuentra la mayor parte del planeta, será precisamente en el marco de un sistema democrático general como más probabilidades tendremos de llegar a la consecución plena o al menos satisfactoria de los derechos humanos. Nada más cierto, con la condición de que el sistema de gobierno y de gestión de la sociedad al que actualmente llamamos democracia fuese efectivamente democrático. Y no lo es.
   Es verdad que podemos votar, es verdad que podemos, por delegación de la partícula de soberanía que se nos reconoce como ciudadanos con voto y normalmente a través de un partido, escoger nuestros representantes en el Parlamento; es cierto, en fin, que de la relevancia numérica de tales representaciones y de las combinaciones políticas que la necesidad de una mayoría impone, siempre resultará un gobierno. Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que la posibilidad de acción democrática comienza y acaba ahí. El elector podrá quitar del poder a un gobierno que no le agrade y poner otro en su lugar, pero su voto no ha tenido, no tiene y nunca tendrá un efecto visible sobre la única fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto su país y su persona: me refiero, obviamente, al poder económico, en particular a la parte del mismo, siempre en aumento, regida por las empresas multinacionales de acuerdo con estrategias de dominio que nada tienen que ver con aquel bien común al que, por definición, aspira la democracia.
Todos sabemos que así y todo, por una especie de automatismo verbal y mental que no nos deja ver la cruda desnudez de los hechos, seguimos hablando de la democracia como si se tratase de algo vivo y actuante, cuando de ella nos queda poco más que un conjunto de formas ritualizadas, los inocuos pasos y los gestos de una especie de misa laica. Y no nos percatamos, como si para eso no bastase con tener ojos, de que nuestros gobiernos, esos que para bien o para mal elegimos y de los que somos, por lo tanto, los primeros responsables, se van convirtiendo cada vez más en meros comisarios políticos del poder económico, con la misión objetiva de producir las leyes que convengan a ese poder, para después, envueltas en los dulces de la pertinente publicidad oficial y particular, introducirlas en el mercado social sin suscitar demasiadas protestas, salvo las de ciertas conocidas minorías eternamente descontentas.
   ¿Qué hacer? De la literatura a la ecología, de la guerra de las galaxias al efecto invernadero, del tratamiento de los residuos a las congestiones de tráfico, todo se discute en este mundo nuestro.
   Pero el sistema democrático, como si de un dato definitivamente adquirido se tratase, intocable por naturaleza hasta la consumación de los siglos, ése no se discute. Mas si no estoy equivocado, si no soy incapaz de sumar dos y dos, entonces, entre tantas otras discusiones necesarias o indispensables, urge, antes de que se nos haga demasiado tarde, promover un debate mundial sobre la democracia y las causas de su decadencia, sobre la intervención de los ciudadanos en la vida política y social, sobre las relaciones entre los Estados y el poder económico y financiero mundial, sobre aquello que afirma y aquello que niega la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia digna, sobre las miserias y esperanzas de la humanidad o, hablando con menos retórica, de los simples seres humanos que la componen, uno a uno y todos juntos.
    No hay peor engaño que el de quien se engaña a sí mismo. Y así estamos viviendo. No tengo más que decir. O sí, apenas una palabra para pedir un instante de silencio. El campesino de Florencia acaba de subir una vez más a la torre de la iglesia, la campana va a sonar. Oigámosla, por favor.
  Traspuesto por: Abogado del pueblo en Almería (Andalucía)

miércoles, 23 de junio de 2010

LOS BORBONES SIGUEN TORTURANDO A LOS DISIDENTES DE LA IDEOLOGÍA MONARQUICA-FRANQUISTA.



  Todavía sacudido por el trauma de que la Ertaintza me muela a palos por gritar Viva la República, y ahora me denuncie por “desórdenes públicos.Trato de comprender lo sucedido y quiero compartir mis reflexiones con los que me habéis arropado desde horizontes muy distintos.
      Tratando de interpretar el nerviosismo represivo de algunas instituciones, me pregunto si no tendrá que ver con la tensión actual en los centros de poder internacionales y en particular europeos. Temen el “polvorín” de la revuelta contra los planes de ajuste. Decía el Economist: “nadie puede estar del todo seguro de qué ocurrirá primero: el crecimiento económico o la rebelión social”.
Enfrente, constato un impulso espontáneo. Los que en la calle secundaron los gritos de protesta e increparon a la policía que me golpeaba. A continuación la solidaridad, ante todo entre mis compañeros de sindicato y de partido. ¿No estamos ante un reflejo de autodefensa de la población trabajadora? También abajo hay tensión, hay una situación de alerta por las terribles amenazas que pesan sobre la mayoría social. Es una predisposición a la movilización que interpela a cuantos la representamos.
     Hay, en efecto, un agudo conflicto social. Los medios de comunicación que me condenaron sin defensa repiten que el ajuste es indispensable y que el gobierno es culpable de no haberlo hecho antes. Pero la mayoría social no acepta la nueva deriva que fuerzas ajenas están imponiendo a nuestros gobiernos.
Porque sabemos lo que el FMI ha hecho en otros continentes. El ajuste sin fin significa hundir las economías, desmantelar las administraciones y servicios públicos, mutilar todo lo que sea democracia. ¿Quién puede aceptar que hundan las viejas naciones europeas, referencia de civilización y progreso para los pueblos del mundo? ¿Qué socialista puede aceptar que entren a saco en el Estado de Bienestar? ¿Qué socialista puede renunciar a todo aquello sobre lo que se fundan, y lo largo de décadas de lucha han representado, las organizaciones sindicales y socialistas.
     Estamos en una encrucijada de la lucha por la democracia. Para desbaratar la resistencia en nuestros pueblos, en nuestro movimiento obrero, en las organizaciones, intentan anular todos los mecanismos democráticos. Sustituir la democracia por el consenso que ata a nuestras organizaciones a los dictados de los poderosos, como si compartiésemos los mismos objetivos. Quieren eliminar la libertad de expresión: hay que gritar Viva el Rey, si gritas Viva la República estás perturbando el orden público. Desórdenes públicos llamaba la dictadura a las manifestaciones populares.
Como sindicalista resiento particularmente la ofensiva contra la libre negociación colectiva. ¿Qué trabajador consciente puede tolerar que el FMI reclame la destrucción de los convenios sectoriales, es decir, convertir los sindicatos en organizaciones marginales o correas de transmisión de los banqueros? En las márgenes del Nervión, como en toda España, nuestra gente luchó durante 40 años por conquistar la libertad sindical.
    La familia Borbón es miembro destacado del club Bilderberg que se reúne estos días en Sitges. Una red de especuladores dirigidos por banqueros norteamericanos, que pretenden imponer su ley a todos los gobiernos.
      Pero sobre todas las cosas buscan que las organizaciones obreras y socialistas se hagan complices de sus planes y abandonen su razón de ser, la transformación progresista de la sociedad, impidiendo así que los trabajadores y la mayoría social de progreso tengan herramientas para defenderse. La primera víctima de esos planes será el Partido Socialista si sigue sometiéndose.
      Por eso muchos socialistas vemos con preocupación como una parte cada vez más importante de nuestra base social se aparta del Gobierno y del partido y como entre la mayoría social se abre camino la exigencia de huelga general ante la negativa de nuestro Gobierno a rechazar los planes que imponen los mismos que han provocado la crisis. No podemos hacerles responsables de que no encuentren otro camino, pero tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados. Es nuestro partido lo que está en juego.
Estoy convencido de que hay una alternativa al pensamiento único del FMI, del Vaticano y de Bilderberg : la vuelta a los valores sociales y democráticos del socialismo. Recuperar las tradiciones de libertad y democracia del movimiento obrero. Apoyarse en nuestra base social para hacer frente a los que exigen que nos inmolemos en el altar de la especulación.
Decir NO a su ajuste, a sus mordazas, es el punto de partida para salvar la civilización, los derechos y las organizaciones que generaciones enteras han construido para hacerlos progresar.
     El socialismo nunca fue vasallo. Reivindica la Europa de la Revolución Francesa y del movimiento emancipador de los trabajadores. Es la fraternidad entre los pueblos del Estado español, unidos contra el franquismo y sus herederos, contra las tiranías viejas y nuevas.
Estoy convencido que el socialismo, republicano, puede aglutinar y movilizar inmensas energías de la juventud, de la mayoría social y regenerar nuestro partido poniéndolo al servicio de sus intereses.
Durante varios años hemos escrito cartas a Zapatero, a iniciativa de Tribuna Socialista de la que formo parte. Le invitábamos a apoyarse en la mayoría social para satisfacer sus aspiraciones y enfrentarse a las presiones de los banqueros y de Bruselas. Ahora, en esta encrucijada, hemos de escribir una carta a todos los socialistas, a todos los que comparten nuestros valores de emancipación social y libertad. Hay que decirles: confiemos en las fuerzas de la mayoría social. Los derechos que hemos conquistado en 170 años de lucha de los trabajadores no están condenados. La voluntad de la mayoría no puede ser suplantada por la ley de los especuladores, de las Bolsas.
Para salir de la actual crisis, económica, social, política e institucional, necesitamos más que nunca la democracia: no al gobierno del FMI y de sus adláteres de Bruselas. Liberemos a nuestras organizaciones obreras y socialistas de la dictadura de los especuladores para imponer con ellas la soberanía de los pueblos del Estado español, unidos a los trabajadores y pueblos de Europa .
¿No tenemos razón para gritar “¡Viva la República!”?
Koldo Méndez
Militante socialista vasco